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Granada CF

Porque Pombo no es Nayim

Pombo y Fede San Emeterio pugnan por un balón en el centro del campo./Ramón L. Pérez
Pombo y Fede San Emeterio pugnan por un balón en el centro del campo. / Ramón L. Pérez

El centrocampista maño trata de emular el gol que le dio una Recopa de Europa al Real Zaragoza hace 24 años pero Rui Silva lo impide con una gran parada

MANUEL PEDREIRAGRANADA

Pombo nació en febrero de 1994. Por mera estadística aproximativa se calcula que comenzó a andar justo un año después, pero para su primer salto de alegría sí hay registrada una fecha exacta. Ocurrió la noche del 10 de mayo de 1995, aproximadamente a las 22:30. A esa hora no dormían en la capital maña ni los niños de teta. Y si había alguna abuelita amodorrada, el alarido la despertó. España entera dio un brinco cuando vio que ese balón disparado al cielo por Nayim se colaba en la portería del Arsenal en el último minuto de la prórroga y le daba la Recopa de Europa al Real Zaragoza.

Casi un cuarto de siglo después, lo normal es que de ese equipo solo quedara el color de la camiseta y el escudo pero, mire usted por donde, el entrenador es el mismo, Víctor Fernández. Bueno, queda el míster y el espíritu de Nayim, aquel ceutí formado en la cantera del Barça que ya figura en la historia como el futbolista que dio un título gracias a un tanto que rozó lo extravagante. Cómo será, que en Internet se venden todavía camisetas con el dibujo de ese gol.

Pombo, el niño que saltó un metro desde la cuna aquella noche, es zaragozano y solo ha conocido el equipo de su ciudad, a cuya primera plantilla fue promocionado hace tres temporadas. El disparo de Nayim lo lleva en la sangre, como el cierzo o el ternasco, y algo en su interior le empuja a repetirlo, a emular al mago como en una invocación de tiempos mejores para los maños. Una leyenda aún por escribir diría que el Zaragoza pondrá fin a esta etapa oscura el día que alguno de sus jugadores marque un gol desde su casa. Y en esas andaba ayer Pombo cuando en la primera parte cazó un balón en su campo, vio adelantado a Rui Silva, y no se lo pensó. La pelota tardó un siglo en llegar a su destino. En ese recorrido hubo aficionados del Granada (y aficionadas, faltaría más) a los que les creció la barba. Algunos cambiaron hasta de religión y se hicieron de todas, por ver si así, con todos los dioses empujando, conseguían que ese balón no cogiera puerta.

La jugada del bizco

Era una de esas jugadas que solo podía ver con claridad un estrábico. Un ojo en la pelota y otra en Rui Silva, que corría despavorido hacia su portería como si lo persiguiese un inspector de Hacienda o un tertuliano de LaSexta, o ambas cosas.

El balón-misil se acercaba y nadie en el campo, ni siquiera el meta portugués, sabía cómo iba a acabar aquello, si en susto o muerte. Lo peor es que pelota y portero corrían en la misma dirección, un lance contra natura cuando lo que quiere un futbolista es alejar el peligro. «Sí, llego a la portería antes que el balón, y ahora qué. ¿Me meto dentro con él?», se preguntaba Rui Silva, que despejó la incógnita con su sobriedad habitual. Saltó, interpuso las manos delante de la pelota y la depositó a treinta centímetros de la línea de gol mientras él se revolcaba dentro de su portería. Luego se levantó con parsimonia, estirando la espalda, adornándose como si acabase de poner un par de banderillas, y le entregó el balón a Martínez.

En esa jugada, esto lo supimos luego pero había que intuirlo a poco que uno supiera quién fue Nayim, se agotaron todas las posibilidades del Zaragoza. El equipo de Víctor Fernández batalló con fe y buen toque en todo el partido. Dispuso de ocasiones para empatar pero terminó como Sísifo, devorado por su propio esfuerzo inútil, asfixiado por el ejército de Diego Martínez, y resignado a que Pombo es un pelotero competente, pero no es Nayim. Ni Rui Silva es David Seaman. Afortunadamente.

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