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Las heridas del gladiador Roque Mesa

Mesa, en un partido contra el Espanyol.
Mesa, en un partido contra el Espanyol. / EFE
  • El centrocampista nunca lo vio claro en Gran Canaria y ya a los quince marchó a probar suerte al Levante

Comenta siempre que puede Roque Mesa (Las Palmas de Gran Canaria, 1989) que se identifica con los gladiadores. Lo hace por la intensidad que demuestra dentro del terreno de juego, por su carácter. También por las heridas que acumula desde los primeros compases de su carrera futbolística. Porque el canario no siempre ha estado tan valorado en su isla como lo está a día de hoy, hasta el punto de que la UD teme no poder retenerlo.

El pequeño Roque daba patadas al balón en su barrio de La Garita en la localidad de Telde, siempre hacia adelante. Un día, su padre lo llevó acompañando a su hermano mayor que entrenaba con el Valdecasas en el campo de tierra de Melenara, ahora playa. El padre intentó que Roque entrenara para hacer tiempo con los prebenjamines; el entrenador, que de primeras puso pegas, le pidió al terminar que lo llevara todos los días. El resto aprendía de él.

Su talento jamás se vio acompañado de continuidad. Pasó por las categorías inferiores del Telde y el Yoñé hasta que con quince años decidió poner rumbo al Levante. Allí estuvo cuatro años que le aportaron un grado de madurez impropio para su edad. Llegó a entrenar con el primer equipo de Luis García Plaza pero asuntos extradeportivos lo dejaron sin equipo con 18 años. Algo que le fue comunicado mientras disfrutaba de unas vacaciones junto a su novia en Sevilla.

Roque pensó que se acababa. Volver a los estudios parecía la opción más lógica. Fueron sus padres los que le animaron a seguir ya en la isla, probando en las disciplinas del Atlético Schamann y del Huracán de Tercera división. Empezó de cero y en enero de 2010 logró enrolarse en el segundo equipo del Tenerife. Pese al sentimiento de su familia por la UD Las Palmas, él tenía que mirar por su futuro.

Poco duró la travesía ya que aquel mismo verano sería reclutado por el Las Palmas Atlético. Comenzó una etapa bonita que tendría su colofón con su ascenso al primer equipo y el debut en Segunda con Juan Manuel Rodríguez en octubre de 2011. Era el premio a una gran temporada en el filial motorizando al equipo desde el centro del campo junto a Hernán Santana. Fue en Balaídos. Cuenta Roque Mesa que acabó con los gemelos subidos y con la boca seca. Lo dejó todo, y su entrenador se lo reconoció en rueda de prensa. Jugó 22 partidos pero de poco pareció servir. De cara a la temporada siguiente fue rechazado.

Llegaba Sergio Lobera como técnico y con todavía un año de contrato, a Roque Mesa le comunican que no cuentan con él. Una nueva decepción. El centrocampista, que dio por hecha su salida, recibió con aun más sorpresa una oferta de renovación por dos años más, teniendo que asumir una cesión que aceptó. Aquella temporada sería jugador del Atlético Baleares de Segunda B. Roque pensó que igual su sitio no estaba en el equipo de su sueños. Eso decía la cabeza; el corazón, que tenía que triunfar de amarillo.

Roque Mesa ha reconocido años después que en el Atlético Baleares aprendió el 80% de lo que hoy es su fútbol. Mucho de ello gracias a David Sánchez, quien fuera mediocentro en Primera de Getafe y Albacete. Volvió de la cesión con las ideas más claras que nunca pero al equipo filial; su gran inicio de temporada le valió una nueva renovación hasta 2017 y la promesa de ser de la primera plantilla al curso siguiente. Bajo las órdenes de Víctor Afonso, Roque comenzaba a ser comparado con Apoño por carácter y liderazgo y por ser la brújula de los suyos.

Paco Herrera y la consagración

Un nuevo cuerpo técnico liderado por Paco Herrera inició la consagración de Roque Mesa en el primer equipo. Herrera le pidió movilidad sin ir siempre a la búsqueda del balón. Que el balón fuera a él. Partícipe del mejor inicio liguero de la UD en sus 65 años de historia, jugaba cada vez más cerca del centro del campo y a entender los espacios. Asimiló que con 25 años tenía que ser importante y acabó marcando el primero de los dos goles del ascenso a Primera ante el Zaragoza. Un equipo intenso, joven y con gente de la casa regresaba a la máxima categoría del fútbol español. Chavales que escuchaban diariamente a Juan Carlos Valerón.

La nave de Paco Herrera se hundió y agarró el timón Quique Setién, que siguió confiando en él para el centro del campo ante la desgraciada lesión de Javi Castellano. Por su capacidad para el robo y su verticalidad con balón, clave para romper líneas rivales, Roque Mesa se ha convertido en una de las revelaciones de la temporada. Allá donde vaya intentará portar el 15 que lleva en su camiseta y tatuado, en honor a la fecha en que comenzó a salir con su esposa Patricia, con la que tiene un hijo. El impetuoso torbellino que siempre fue Roque Mesa ha adquirido cordura, mas nunca dejará de ser un gladiador, en memoria a sus heridas.