Lo infraordinario

«Quiero un equipo desvergonzado, independiente y macarra, redimido». Y lo consiguió

Sampaoli, durante su etapa en el Sevilla./EFE
Sampaoli, durante su etapa en el Sevilla. / EFE
KEVIN VIDAÑAGRANADA

Jorge Sampaoli llega al vestuario del Sevilla FC, entonces campeón de la Europa League, y cuelga en la pared una foto de Jorge Valdivia, un jugador chileno que hizo carrera en Chile, Brasil y Emiratos Árabes, entre otros. Un jugador de segunda fila si solo tenemos en cuenta los lugares donde ejerció como jugador de fútbol. Un 10 clásico tan bueno como Riquelme pero con una vida infame, desordenada y bañada en polémicas, alejada de todos los cánones del profesionalismo, motivo por el cual quizás no llegó a jugar en ninguno de los grandes de Europa. Aunque eso es preguntarse que qué hubiera sido de Valdivia si no hubiese sido Valdivia; seguramente otra persona.

La realidad es que se trata de un jugador rebelde dentro y fuera del terreno de juego, capaz de orinar a mitad de partido después de dar la mejor asistencia de la historia, imperceptible hasta en la repetición. «Es el espíritu que quiero para mi equipo», dijo el entrenador argentino a los campeones de Europa mientras señalaba la foto del mago despeinado con cara de socarrón. Quiero un equipo desvergonzado, independiente y macarra, redimido. Y lo consiguió.

Consiguió que los campeones de Europa se olvidaran de sí mismos para venerar, rendir culto y adorar la imagen del que siempre perdió, del que nunca priorizó ganar y del que amaba ser nadie. «Lo importante es el juego», repetía Jorge Sampaoli, un entrenador que irrumpió en la casa de los ricos gritando que las cosas no eran así aunque hubiesen salido campeones las veces que quisieron, que al juego se juega descalzo o no merece la pena ser jugado. Lo infraordinario por encima de lo extraordinario. «Tal vez hartos de la ordinariez de lo extraordinario, se propusieron interrogar a lo infraordinario», así dice la maravillosa obra de Georges Perec que bien pudo escribir el pelado y que nos enseña que el gusto y la magia también se sostienen de lo inmundo. Que casi siempre hay que mirar hacia abajo para ir hacia arriba y que casi nunca existe eso de arriba y abajo.

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