La Contra

El espía manchego

José Luis Oltra devuelve agradecido el buen recibimiento del público. /A. AGUILAR
José Luis Oltra devuelve agradecido el buen recibimiento del público. / A. AGUILAR

Durante más de una hora Los Cármenes fue plenamente feliz porque vio que sus futbolistas también lo eran los primeros

JOSÉ IGNACIO CEJUDOGRANADA

Los Cármenes aplaudía el juego de su equipo hasta hacerse sangre cuando lo vi. Faltaban apenas segundos para que Ocón Arráiz mandara a los protagonistas de vuelta al vestuario por el intermedio. Se levantó discreto y silencioso, aunque escoltado. Su camiseta era blanca y no la rayaba el rojo. Qué atrevimiento, semejante osadía. Un chaval con la camiseta del Albacete en Los Cármenes. En los tiempos que corren. Sólo podía ser un espía.

¿Qué podría contar aquel muchacho cuando volviera allí donde los molinos? Ya se ha escrito que Diego Martínez es una especie de líder espiritual, un conductor emocional por quien los suyos serían capaces de tirarse por un barranco. También que es un tipo de fútbol y que empezó desde el barro. En la rueda de prensa previa al duelo contra el Tenerife, un 'speech' al estilo de Al Pacino en 'Un domingo cualquiera' pero ante periodistas, se reconoció conmovido por las exhibiciones de pasión de Liverpool y Tottenham en Champions League. Pudo intuir Oltra que los granadinistas saldrían como motos. Su problema fue que no las vio venir. Les pasaron por encima.

Fue una primera parte como no se ha visto en mucho tiempo en Los Cármenes. De convencimiento, de confianza, de placer sin relajación, de fiereza con dulzura. Diego Martínez les había pedido que compitieran desde la emoción pero también desde la felicidad. Que apretaran el culo pero recordando dónde están y lo buenos que son. Durante más de una hora Los Cármenes fue plenamente feliz porque vio que sus futbolistas lo eran los primeros. El Granada de Diego, ese equipo experto en minimizar las virtudes de sus rivales, redujo a su adversario con una exhibición a lo bestia de las propias. Una máquina que reconoce cada una de sus piezas a la perfección, imparable cuando le cantan.

El Granada desprendió la euforia de un equipo que se sabe poderoso pero todavía hambriento. Jugó una primera parte como si tuviera que remontar un resultado adverso, como si fuera el Liverpool o el Tottenham, y mantuvo esa intensidad en la segunda como si un 2-0 no fuera suficiente para la masacre que pretendía. El Granada se hinchó de jugar, jugó como para dar miedo. Se gustaban con balón: triangulaban, desplazaban en largo, controlaban los balones llovidos como con imán y no se cortaban a la hora de intentar frivolidades, taconazos y túneles. Sin él, mordían: agachaban la chepa, metían el hombro e intentaban tumbar a su adversario, siempre desde la carga legal pero dentro de la ley del más fuerte.

El primer gol vino precedido de un robo de Montoro, que se lanzó como un león sobre Racic en la zona de creación. A la siguiente jugada, en una presión colectiva, volvieron a abrir las fauces como si llevaran una semana sin comer. El Tenerife apenas podía rondar el área sin peligro, cayendo en fuera de juego, corriendo hasta la línea de fondo junto a Germán como se acompañan los toros obcecados.

Fue testigo privilegiado Borja Lasso, ese jugón que pudo ser rojiblanco y que anoche habría querido serlo. Se le vieron maneras con la pelota, pero se derritió en cuanto le apretó su amigo Fede el cántabro, que jugó una primera parte expansiva como referente del resto de la camada. La exhibición del Granada tuvo un broche anecdótico con el tanto de Malbasic que parece escrito adrede por el propio Diego. El equipo ofreció su mejor versión y aun así se permitió recordarse cuánto cuesta el fútbol. Se regaló un festejo épico. «¡Que sí, joder, que vamos a ascender!», se cantó con más firmeza que nunca. No se volvió a ver al espía manchego. ¿Qué contará aquel muchacho allí donde los molinos?