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Granada CF

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Amanecer

El descenso es ya, por fin, una realidad matemática y tangible. Es la muerte de las esperanzas infundadas, hijas de las resurrecciones semanales al arrancar los noventa minutos y de los mensajes oficiosos y desesperados. Se acaba el sufrimiento pero no el dolor, que se mantiene agudo ante cada actuación bochornosa e impropia de la categoría que todavía se ocupa.

En su día llegó a parecer un buen plan. Había talento. Joven, sobre todo. En su día quisimos pensar que Samper, Pereira, Boga y Ponce serían herederos de Sergio Busquets, Mata, Hazard o Dzeko. Y quizás lo sean, pese a la negrísima mancha que desde ahora arrastran. Nunca supieron ensamblar ese talento: ni con la osadía de Jémez ni con el pragmatismo de Lucas. El periplo de Adams no cuenta. Carcela amagó, pero nunca lideró la nave. Cundió el pánico, la desmotivación, la descreencia. Todos han acabado siendo peores jugadores de lo que realmente son. Esto es fútbol: pierden y ganan los equipos. Los futbolistas, desde hace bastante, sólo si son Ronaldo o Messi.

El barco de John Jiang se ha hundido a la primera ola dejando tras de sí un hermoso libro de lo que no debe hacerse con una plantilla de un club de fútbol. Al menos en lo que se refiere en exclusiva al deporte en sí, que hoy estas empresas son muy amplias. Los golpes han sido tan precisos, tan premonitorios y tan estruendosos que sólo un gran colectivo de necios tropezaría de nuevo con esas montañas. Manolo Salvador no tiene cara de estúpido: está por ver la amplitud de sus maniobras.

Deben considerarse motivos para el entusiasmo de cara a unos meses. En primer lugar, este fracaso con el que se viene coqueteando un lustro habría sido mucho más dramático con un Pozzo gradualmente más interesado en otros escudos. Para seguir, el proyecto fallido que esta campaña ha sido el Granada sigue siendo un proyecto. La infraestructura ya existente va a hacer del Granada un club de Segunda pijísimo: quizás el destino más atractivo de la competición. El hecho indisimulado de haber escogido al Levante como ejemplo a seguir es acertado.

La Segunda es un campeonato en el que valen casi más los puntos arañados con el colmillo torcido que los conseguidos por imposición del talento. Una categoría dura, de piernas y de impactos, donde sobreviven veteranos que saben de qué va esto y que aleccionan a camaradas más jóvenes ansiosos por llegar a Primera, con su equipo o con otro. Se requiere madurez y compostura: dos 'knock out' consecutivos pueden hacer variar los objetivos del ascenso a la supervivencia.

El fútbol capitalista del siglo XXI ha acostumbrado al aficionado modesto en la élite a cesiones y fichajes extraños, experimentos foráneos sin experiencia ni con el idioma. Es difícil competir en ese mercado. Descender es una oportunidad para generar algo sólido. Un bloque. Una identidad. Un estilo. Reconquistar a la grada con victorias, cercanía, modestia y vínculo. Con futbolistas en propiedad que sientan las calles de Granada hasta enamorarse y pelear por ellas. Para obtener un reconocimiento perpetuo y un retiro feliz entre agasajos por la entrega, la bravura y el talento demostrados. Como Diego Mainz. Como Ángel Castellanos. Como Luis Oruezábal.