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La grandeza es caerse y volverse a levantar

Andreas Pereira se lamenta tras perder ante la Real Sociedad.
Andreas Pereira se lamenta tras perder ante la Real Sociedad. / EFE
  • En Segunda B y en Tercera se vivieron momentos malos pero la afición del Granada no se separó de su equipo y por ello acabó regresando a la máxima categoría

Voy a empezar este artículo con una confesión importante: a mí de pequeño no me gustaba el fútbol. Mi abuelo Mateo había hecho a mi padre seguidor del Granada llevándolo a ver los partidos que los rojiblancos disputaban en el viejo estadio Los Cármenes. Eso había provocado que mi padre sintiera devoción por el equipo granadino, al que seguía domingo tras domingo por casi todos los campos de la Segunda División B. Recuerdo que, con 5 o 6 años, lo vi ensimismado frente al televisor mientras veía un Recreativo-Granada que Canal Sur emitía en directo desde el viejo Colombino. Pensé que su pasión era casi enfermiza.

Y claro, como yo era el hijo mayor de la familia, había que llevarme al estadio para que me aficionase al Granada, pero aquello no iba conmigo. La mayor parte de los partidos me la pasaba jugando en los vomitorios, mirando sin demasiado interés los minutos finales hasta que llegaba la hora de volver a casa. Tampoco era nada del otro mundo ver a once hombres corriendo detrás de una pelota. Hasta que llegó el día en el que todo eso cambió. Quizá el más inesperado porque el Granada prácticamente no se jugaba nada en uno de sus últimos partidos de la liguilla de ascenso a Segunda División A en el que se enfrentaba al Valencia B, que sí tenía serias opciones de ascenso a la categoría de plata.

El caso es que el filial valencianista se adelantó y se puso a perder tiempo. Una ley no escrita en esto del fútbol pero que a mí no me agradó lo más mínimo durante aquella tarde-noche. El Granada apretó para empatar porque, aunque no se jugaba nada, los 2000 o 3000 espectadores que se habían citado aquella tarde en el Nuevo Los Cármenes merecían que se honrara el escudo. Y aquel empate llegó en el minuto 92. Que alegría, que entrega, que espíritu de lucha, que de satisfacción en la grada. El Granada había peleado hasta el último minuto y había demostrado tener el valor, la entrega y la valentía suficientes como para cambiar su destino. Me sentí bien representado por aquellos jugadores de las rayas rojas y blancas. Le dije a mi padre que la temporada siguiente quería ir con él a ver todos los partidos y hasta empecé a aficionarme a las retransmisiones de Primera y de Segunda B que ponían por la televisión. Al final había quedado seducido por la grandeza del deporte rey.

El equipo que ha jugado en Primera

Debo hacer un salto importante en el tiempo porque si profundizo en los detalles este texto se hará eterno y seguro que la mayoría de ustedes tienen muchos recuerdos de los años previos y posteriores al cambio de siglo. Nos situamos en el verano del 2003, que es un año importante. El 29 de junio de aquel año el Granada necesitaba ganar en casa al Quintanar del Rey para ascender a Segunda B tras un descenso administrativo acontecido durante el verano anterior. Los rojiblancos marcaron el 1-0 mediada la segunda parte pero un gol en propia puerta en el último minuto los dejó sin el ansiado ascenso, lo que provocó que las lágrimas corrieran por mis mejillas y por las de miles de granadinos que habían asistido al encuentro con la ilusión de que aquel paso por Tercera fuera efímero. Aquello no salió bien pero no es esta la anécdota en la que quiero profundizar.

El Granada volvió a salir a competición en el curso 2003/04, lo que sin duda suponía un éxito porque en aquellos tiempos la desaparición del club estaba en boca de todos. Y creo que era en la jornada siete de aquel campeonato cuando le tocaba jugar a domicilio contra el CD Vera. No sé por qué motivo se programó en viernes aquel partido al que fuimos en coche mi padre y yo y en el que los granadinos vencieron por 2-3. Durante el transcurso del mismo algo me llamó poderosamente la atención. No fueron los goles ni la actuación arbitral sino la conversación que tuvieron dos chavales almerienses que estaban en la fila inferior a la nuestra. Aquellos dos niños (creo que tendrían 11-12 años) hablaban del partido como si el CD Vera se estuviese enfrentando al Deportivo o al Valencia de la época. No paraban de comentar con la emoción del que ve un partidazo de fútbol a precio de ganga que el Granada había estado 17 temporadas en Primera, que había llegado a jugar la final de la Copa del Rey y que además le había ganado más de una vez al Madrid y al Barcelona. Y claro, escuchar conversaciones ajenas es de mala educación pero ¿cómo era posible abandonar aquella lección de historia que describía la grandeza del Granada por ver un simple partido de Tercera División?

Tiempos mejores

Como ya sabrán el Granada abandonó la Tercera en 2006 tras vencer en doble partido al Guadalajara. El equipo rojiblanco nunca caminó solo en mitad de las tinieblas, así que era cuestión de tiempo que volviera a estar con los mejores. Tras unos inicios difíciles en 2°B, la llegada de Pina y Pozzo devolvió al club a Segunda un inolvidable 23 de mayo de 2010 en el estadio Santo Domingo de Alcorcón y a Primera otro memorable 18 de junio de 2011 en el estadio Martínez Valero de Elche. Por aquel entonces era un periodista recién graduado, pues en mis años de estudiante en el IES Padre Manjón habitualmente repartían El Mundo y Marca, dos periódicos que me atrapaban entre sus páginas y que sin duda influyeron en que con 14-15 años ya tuviese claro mi futuro: sería periodista para contar historias, para llevarle a la gente la emoción y los detalles de aquello que no pueden ver. El caso es que desde 2011 hasta el pasado sábado los medios de comunicación locales tuvimos el honor de informarles a todos ustedes de las andanzas del Granada en su quinta etapa en la élite del fútbol español. El club seguirá adelante con sus aciertos y sus errores durante las próximas temporadas pero ningún descenso podrá arrebatarle la gloria que supone ser un grande del fútbol en este país.

Por lo que les he contado (y por lo que me he guardado) quiero a mi padre y quiero al Granada. Y quiero que ambos vuelvan a reencontrarse lo antes posible en Primera División.