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El Granada se lamenta tras encajar un gol contra el Valencia
El Granada se lamenta tras encajar un gol contra el Valencia / EFE
  • La actual propiedad ha montado por ahora un negocio que se encamina hacia el desastre, dejando en manos de unos auténticos incapaces las decisiones fundamentales que sustentan la fortuna del club

La derrota ante el Valencia ha sumido al Granada en una situación terminal, y no sólo en lo futbolístico, lo que desgraciadamente se venía intuyendo desde hace bastantes jornadas, sino en lo que se refiere al propio plano institucional del club, herida gravemente la comunión con su afición. La imagen cadavérica mostrada por los de Alcaraz ante el equipo 'che' trasluce un mal profundo que proviene de un fracaso sin paliativos del actual dueño y su cohorte de consejeros en esta temporada, donde quisieron solventar un año de transición mediante la contratación de una pléyade de inexpertos jugadores en su mayoría cedidos, desconocedores de la liga de Primera, carentes de suficiente calidad y experiencia y que han demostrado a lo largo de esta temporada faltas evidentes en sus aptitudes y actitudes.

En la soleada mañana de Los Cármenes el equipo local se dejó llevar como en tantos partidos de esta campaña de su estúpido deambular al trote que permite a cualquier rival campar a sus anchas por las inmediaciones del marco de Ochoa. Una lamentable actuación más del colectivo rojiblanco, donde solo la profesionalidad del guardameta mexicano, la encomiable implicación de Wakaso, y ciertos esfuerzos individuales de Héctor, Foulquier, Saunier y Estupiñán pueden salvarse. Algunos quedaron retratados nuevamente por sus carencias técnicas, como el inefable Ingason, que ha trufado la mayoría de sus actuaciones de pifias y errores de bulto que han costado uno tras otro goles decisivos ante Villarreal, Eibar, Sporting y Valencia; o de Kravets, que ha ido a peor a medida que avanzaba la temporada, convertido ya en un torpe e ineficaz trotón.

Otros mostraron su absoluta indolencia o falta de compromiso, caso de Carcela, horrible otra vez ante el equipo levantino, o Boga, con su reiterada y ya cansina inanidad en su absurdo individualismo. Y también otros, como Pereira, con sus continuadas series combinando un acierto por cada veinte malas decisiones, o Uche, cada vez peor en las últimas jornadas, se han dejado llevar por un ambiente deprimente que ha envuelto al equipo desde la derrota en Butarque ante el Leganés y, sobre todo, desde el esperpento de El Molinón ante el Sporting.

No existe juego de conjunto, ni solidaridad, ni sacrificio, ni compromiso. Wakaso se multiplicó hasta la extenuación por cortar y oponerse a cuanto valencianista se le enfrentaba, y su lucha individual sin cuartel en el centro del campo fue el único rasgo de vergüenza y amor propio de interés que se observó por parte local. A cambio, se repitieron las reiteradas escenas de fragilidad defensiva, con un Ingason absolutamente superado por las circunstancias en los dos primeros goles encajados, un Uche que más tarde demostró estar muy lejos de las exigencias mínimas de un defensor de Primera, y unos laterales rebasados una y otra vez ante la falta de intensidad en la presión por delante de ellos. El tercer gol fue un ejemplo de falta de intensidad defensiva y desconcentración. Y a todo ello se unió la tediosa incapacidad ofensiva de un grupo al que se le apagó la luz de la creatividad hace muchos partidos.

El conjunto careció de aptitudes y actitudes y salió de antemano capitidisminuido, sin confianza alguna en superar al rival, falto de la motivación necesaria para competir, y ahí nuevamente el papel del entrenador quedó en entredicho. Ya no se trata de cuatro o cinco defensas, de jugar agazapados o arriesgar, es simplemente que el actual Granada de Alcaraz es la nada futbolística, un grupo sin alma, sin dirección y sin convicción alguna. Y en eso Lucas, aparte de las carencias indudables del plantel con el que cuenta, debe asumir las propias carencias e incapacidades mostradas para conseguir un grupo más cohesionado, compacto y competitivo.

Después de veinticuatro partidos al frente del equipo se ha vuelto al punto de partida, con hechos tan simbólicos como volver a ver a Uche de central, como en el inicio de la temporada, cuando el ínclito Jémez también tiraba del nigeriano ante las carencias evidentes habidas en el puesto. Parece que muchos meses después desgraciadamente nada ha cambiado a mejor, y esto es un fracaso sin paliativos del actual inquilino del banquillo rojiblanco. Hay que reconocerle la valentía en su momento de asumir el difícil reto que tomó al tratar de sacar adelante a un equipo desestructurado, desquiciado y mal planificado desde principios de temporada, o su honradez en las declaraciones tras la debacle ante el Valencia reconociendo que ni él ni sus jugadores eran dignos de la ciudad, el escudo y su afición. Pero su aventura al frente del Granada está culminando en un rotundo fracaso, y el desastre de temporada fruto de una desquiciada e inepta planificación de la plantilla se lo va a llevar definitivamente también a él por el sumidero del descenso inevitable.

Sin vergüenza

Que el primer equipo es una suma esquizofrénica de ineptitudes, egoísmos y falta de compromiso quedó reflejado en el tristísimo episodio de la celebración individual del único gol local por parte Ponce, que aprovechó un regalo de Alves en un mal pase del cancerbero visitante para batirlo. Su desafío al público con un gesto de querer hacer callar al respetable denota el grado de falta de compromiso del atacante, que olvidó encontrarse ante una afición destrozada por una campaña funesta y tras un partido atroz de su equipo que lo mandaba literalmente sin oponer la mínima resistencia camino de Segunda.

El joven argentino actuó en caliente indudablemente, pero como muchos de los últimamente llegados, incluidos sus actuales pagadores, que no dueños, desconoce la historia del club que supuestamente ahora defiende. La afición a la que quería callar ha hecho una demostración continuada de respeto y apoyo a la actual plantilla otorgándole una confianza rayana en la ingenuidad. Llenó el estadio tras la penosa trayectoria de las últimas cuatro derrotas, confiaba aún en un último esfuerzo de los suyos por engancharse a la lucha por la permanencia, y había aguantado estoicamente un vapuleo por parte de un Valencia que estaba goleando a los suyos sin prácticamente sudar.

De toda esa afición, un grupo reducido de leales que jamás abandonó al Granada, tiene el “culo pelado”, como dijo el Sabio de Hortaleza, de sufrir con su equipo desde el averno de la Tercera, y no merece en modo alguno que un niñato malcriado les diga que callen portando la camiseta del equipo de sus amores. Recordé, ante el gesto chulesco de Ponce, al amigo que lloraba desconsoladamente al lado mío al finalizar aquel fatídico partido ante el Murcia del 25 de junio de 2000 que evitó el regreso a Segunda, o la cara de desconsuelo de los que me rodeaban tras el gol en propia meta ante el Quintanar del Rey en el último suspiro que volvía a cercenar las esperanzas de una liguilla de ascenso a 2ª B años más tarde. Ellos serán siempre el Granada y son los grandes perjudicados de esta penosa campaña dirigida por unos ineptos e interpretada por unos incapaces, entre los que se encuentra Ezequiel Ponce, cuyo paso por estos lares no puede tildarse más que de mediocre, siendo benevolentes.

La falta de vergüenza profesional de los dirigentes con responsabilidades directas en la planificación y confección de la plantilla y algunos de los futbolistas por ellos traídos y más tarde consentidos, ha llevado a esta situación esperpéntica donde muchos jugadores hacen la guerra por su cuenta, sólo preocupados de su regate o su gol, ajenos al drama del descenso del colectivo, sin implicación ni preocupación alguna por el futuro de la entidad a la que saben no van a mal representar la próxima temporada, incapaces del menor sacrificio por el club. La carencia absoluta de la más mínima disciplina impartida desde la cúpula desde el inicio de temporada, que debiera haberse traducido en acciones ejemplares sobre aquellos que se han desentendido del club y sus obligaciones para con él, desde Jémez, buscando ya en la segunda jornada su destitución y cobro de finiquito, hasta el numeroso número de indolentes jugadores extendidos por el plantel, ha llevado a una crisis, no sólo futbolística, sino institucional preocupante, donde nadie da la cara ni ofrece soluciones. La espantada a todo correr al término del partido de muchos jugadores rojiblancos, dejando solos a unos cuantos compañeros en el centro del campo para enfrentarse a sus aficionados, habla de lo miserable de la actitud de muchos, cuya capacidad de asumir responsabilidades parece inversamente proporcional a los ingresos de sus abultadas nóminas.

Responsabilidades

Tarde se está ya para asumir responsabilidades en esta campaña. Dueño, dirigentes, técnicos y jugadores han fracasado estrepitosamente, con causas ya repetidas hasta la extenuación a lo largo de las muchas contracrónicas luctuosas habidas esta campaña. Lucas entonó el 'mea culpa' tras consumarse el desastre ante el Valencia. Algunos jugadores hablan de pedir perdón y llaman a seguir luchando. No tienen ya credibilidad alguna. Como tampoco sus dirigentes, ineptos en verano, torpes, sobrepasados e insuficientes en el mercado de invierno, responsables máximos del desaguisado.

La sociedad granadina y la afición al fútbol abandonaron hace mucho al Granada. Sólo unos románticos mantuvieron la llama del equipo, aguantando gestiones nefandas de dirigentes chirigotescos en 2ª B y Tercera. Entregado el equipo a manos ajenas, el modelo de negocio de Pozzo utilizó al Granada como campo de pruebas y trampolín para el paso y proyección de su intrincado entramado de jugadores, con la suerte para el club rojiblanco de poner al frente del mismo a un personaje avezado en los entresijos y cloacas del mundo del fútbol actual como Pina. Con la constitución de la sociedad anónima deportiva la contribución al accionariado de la sociedad granadina fue irrisoria, con lo que el Granada CF SAD quedó al albur de intereses ajenos a las aspiraciones de abonados, peñistas y aficionados rojiblancos, mero atrezzo de un negocio que no entiende de sentimientos. En un remedo de la tragedia del Fausto goethiano, el alma del Granada fue vendida al diablo de los inversores ajenos al club y la ciudad.

La actual propiedad ha montado por ahora un negocio que se encamina hacia el desastre, dejando en manos de unos auténticos incapaces las decisiones fundamentales que sustentan la fortuna del club desde el punto de vista futbolístico, y con ello su capacidad de proyección económica a corto y medio plazo. La constatación del fracaso debe hacer pensar al dueño de la inversión que el camino tomado, y los responsables de las riendas escogidos, han sido un craso error. Y se deben tomar por su parte decisiones que se traduzcan en un cambio radical de rumbo, que parece indudable debe implicar cambio en las cabezas gestoras e indudablemente en las decisiones deportivas. Es la única manera de hacer creíble una nueva construcción del club, que debiera apostar en lo deportivo por un modelo fiado en la estabilidad de un bloque de hombres, directivos, técnicos y jugadores, avezados en la categoría de la competición española en que se va a militar.

La limpieza no debe sólo afectar a la plantilla. En este caso será bastante sencillo, pues entre cedidos que abandonarán el club, jugadores cuya ficha será inasumible para Segunda y descartes por demostrada ineptitud, pocos podrán mantenerse. Debe extenderse al resto de estamentos y llegar hasta los responsables máximos directivos y asesores. El fracaso ha sido de todos, directiva, técnicos y plantilla; el coste de dicho fracaso repercutirá sin duda en el inversor; pero la gran pena quedará para los buenos y leales aficionados granadinistas sufridores de esta estulticia futbolística que viene siendo la presente campaña del primer equipo rojiblanco. A muchos no se nos caerán los anillos por volver a apoyar, como siempre, a nuestro Granada en Segunda, pero nos aterra imaginar que algunos ineptos irresponsables lo puedan llevar directamente al infierno de la Segunda B sin solución de continuidad.