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Las gradas de Los Cármenes presentaron un gran ambiente
9 de septiembre de 2010
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De la euforia a la tristeza
Los aficionados granadinos apoyaron a sus jugadores desde el principio hasta el final, como el Frente Norte, que homenajeó a Lucena. :: ALFREDO AGUILAR
CAMILO ÁLVAREZ.-

Noche complicada en Los Cármenes. En un estadio con una gran entrada y un público entregado, el final del partido no fue el deseado por los miles de fieles que durante 120 minutos se dejaron la voz y casi la vida en el campo.

Antes de comenzar el encuentro, olía a noche grande en el ambiente, los aficionados se mostraban muy confiados en el equipo, a pesar del mal arranque liguero. Antonio Carmona, socio del Granada, comentaba que era «un partido interesante y difícil», y pedía «un equipo más conjuntado, porque tenemos individualmente buenos jugadores, pero falta ser un conjunto».

El partido comenzó en un ambiente espectacular, de cordialidad entre las dos aficiones, que se dedicaron cánticos amistosos mutuamente. La grada rugía como una auténtica fiera ante cada jugada. Así, llegó el penalti a Benítez. El joven Carlos rezaba en la grada para dar fuerza al atacante granadinista. Con el buen juego del equipo y el marcador favorable, los ánimos estaban por todo lo alto.

Mientras tanto, ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor, Fabri gritaba desde las primeras filas de la grada -cumplía sanción por la expulsión en el partido del pasado domingo-. No se sentó prácticamente en ningún momento, sin parar de dar instrucciones a los suyos.

La segunda parte no pudo comenzar de mejor forma. Una falta magistralmente ejecutada por Benítez, llevaba el éxtasis a las gradas del Nuevo Los Cármenes. Se escuchaban comentarios como «este jugador es increíble, es de Primera», tras sus dos goles. Nada hacía presagiar lo que luego sucedería. Pero la expulsión de Abel, protestada por el respetable enérgicamente, daba pistas de lo que podía ocurrir. La salida de Emaná provocó un murmullo entre la gente, que temía las cualidades del jugador verdiblanco.

El partido había cambiado el guión desarrollado hasta el momento y la gente lo sabía. Las decisiones arbitrales ayudaron a encender más si cabe a la ya mosqueada afición granadina. Con cada decisión en contra del equipo local, los espectadores saltaban de su asientos para protestar lo que ellos creían que no era una decisión correcta.

Pero el Betis comenzó a presionar hasta llevar el empate al marcador. Existía una sensación extraña que mezclaba impotencia ante los acontecimientos y enfado con el colegiado. La grada seguía muy metida en el partido, a pesar de todo. Aún creía en las posibilidades del Granada y por eso animaban sin parar.

Entre abuelos, hijos y nietos, se mezclaban personajes curiosos que llenaban de color los graderíos. El ya clásico aficionada, vestido con su traje de obispo del Granada, recorría los anfiteatros de Los Cármenes animando con su megáfono.

Cuando el árbitro indicó el final de los 90 minutos, un murmullo se apoderó de los aficionados, pero duró escasos segundos, porque enseguida volvieron los cánticos. Primero fueron los poco númerosos pero ruidosos hinchas verdiblancos, que fueron contestados rápidamente con un grito ensordecedor y unánime que pretendía levantar el ánimo de los jugadores rojiblancos.

Pero los nervios se iban apoderando del respetable granadino conforme pasaban los minutos. El juego poco fluido, resultado del cansancio de los futbolistas, no era el que los aficionados demandaban. Nadie quería pensar siquiera en jugarse el pase a la siguiente ronda en los penaltis, por eso intentaban levantar al Granada para que consiguiera la proeza antes de que el árbitro indicara el final de la prórroga.

Aunque no hubo ningún problema en las gradas durante el partido, en la segunda mitad de la prórroga, la policía tuvo que personarse en el fondo norte para poner orden, pero fue un hecho aislado y sin importancia.

El final de la prórroga se vivió de forma muy particular. Los aficionados se levantaron de sus asientos presos de los nervios. En el fondo sur, la gente se fue concentrando detrás de la portería para animar a José Juan e intentar poner nerviosos a los béticos. Palmas para cada lanzamiento del Granada, y pitada tremenda para los lanzamientos de los de Heliópolis. Tras el gol de Emaná, éste provocó con sus gestos al público, que respondió con el tristemente famoso sonido racista. Una pena. Al final, el Betis se llevó la victoria a Sevilla y los granadinos se marcharon del campo impotentes.

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