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6 de marzo de 2010 - 23:19
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Juan Carlos Cordero, el ganador vencido por Lucía
Juan Carlos Cordero, junto a su amigo Quique Pina

El infatigable profesional somete todos sus éxitos al bienestar de su familia y su hija, el faro que guía su vida

 

SERGIO YEPES. El vicepresidente, y director deportivo, del Granada CF, Juan Carlos Cordero, vive con tal intensidad su actividad que no cuesta imaginarlo por las noches lanzando patadas al aire mientras se supone que descansa, grita «goool», y echa en falta a Ana, la santa de su señora. Es ella -una diplomada en Educación Infantil, dedicada ahora a las tareas domésticas-, quien mejor podría describir, por su habitual soledad en la capital murciana, la rotundidad con que el cartagenero (17/10/1974) ha transformado su pasión en forma y fuente de vida. Pero también, la decisión con la que, en sus pocos días libres, se lanza a la carretera para desconectar, cargar pilas y celebrar en la intimidad del núcleo familiar la cercanía de quienes le dan fuerzas para volver a situarse a las mismas puertas del éxito.

Y es que Juan Carlos Cordero, el profesional con mayúsculas, el trabajador obsesivo, es también humano... y siempre termina retornando al punto cero. A ese ámbito más privado desde el que resulta fácil vislumbrar las claves ocultas de su trayectoria, la nobleza y honestidad que marcan su personalidad desconocida, y sobre todo, el faro que guía a su vida.

En ese entorno de complicidad, en el que Juan Carlos no le echa cuentas al dinero, reina Lucía, la pequeña que hace casi cuatro años lo convirtió en un auténtico 'padrazo'. A ella, que es a quien dedicó por completo su inactividad durante la pasada campaña, el incansable rojiblanco la trata de educar con atenciones y cariño. Y bajo el acentuado sentido de la responsabilidad, y la fortaleza de carácter, que heredó de su padre: don Pedro. Un auxiliar de ingeniera de la empresa Bazán -dedicada a la construcción naval militar- al que sus cuatro descendientes le salieron futbolistas profesionales.

Pachangas y futbolines

En el caso de Juan Carlos, no debe extrañar. Y es que a él, que es el tercero de la saga, sólo le gustaba estudiar... los movimientos del ya ex delantero del Real Madrid Hugo Sánchez: su gran ídolo de la niñez. De hecho, pasaba las tardes completas en el cartagenero barrio de La Conciliación desarrollando sus habilidades con el balón, bajo la gozosa complacencia de su abuelo materno: el ex jugador, y decano ya fallecido del Colegio de Entrenadores, José Sánchez Llamas.

Y tanto fue así, que tras pasar por los colegios Antonio Arévalo y Los Franciscanos, el joven Juan Carlos terminaría abandonando la rama administrativa de FP que iniciaría con posterioridad. Era el inicio de la década de los noventa, y a lomos de un vespino, su primer vehículo, fichaba por el Albacete, el club que reparó en su talento. Dejaba así atrás aquellos momentos de infancia, con 'pachangas' y futbolines, en los que comenzó a germinar con Jorge, el menor de sus hermanos, un indisimulable sentimiento protector que también ha recepcionado Lucía.

O Ana, a la que conoció, cómo no, en las orillas de un estadio de fútbol, y tras una adolescencia sin pendientes ni espinillas en el que el paso por la Selección Española Sub 20 constituyó uno de sus momentos más felices (1993). El flechazo que lo trasladó en 2005 hasta el altar surgió en las cercanías del campo San José de Lorca (1998). Y cuando había comenzado a comprender que una inoportuna lesión le impediría alcanzar la gloria... que le estaba reservada, por su perseverancia, desde un plano diferente. En ese tiempo de más amor que goles, ya había desfilado por el Écija (199$/ 1995), el Granada (1996), el Sabadell (1996/97) o el Cartagonova (1997/98). Y también había conocido a Quique Pina, que más que un jefe, resultó ser uno de esos íntimos amigos a los que concede credencial para poder traspasar las barreras que cercan su intimidad.

Junto al creador del Ciudad de Murcia, Juan Carlos cambió las botas por las corbatas, y el arroz a la cubana, por el marisco. Todo le marchó mejor y a fe que quedó demostrado cuando jubiló su Volkswagen Golf para acceder a su actual Mercedes ML. En él 'transporta' su meteórica ristra de ascensos con el extinto club, y las esperanzas de la afición del Granada. Pero sobre todo, la tranquilidad de sentir bien a su familia y a Lucía, que es donde se hallan el origen de su éxito y lo mejor de su condición humana.

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