Canal Rojiblanco

El artista noruego Edvard Munch trató de reflejar la desesperación del ser humano con su célebre 'El grito'. En la Ciudad Deportiva lucentina, cualquier pintor podía haber tomado ayer como modelo a Miguel Ángel Álvarez Tomé para realizar una copia más moderna de esa afamada obra. El técnico puso a prueba la resistencia de sus cuerdas vocales no una vez, sino innumerables durante los noventa minutos que duró el suplicio al que la plantilla rojiblanca sometió a los más de trescientos incondicionales que presenciaron en directo el encuentro. El leonés no paraba de corregir a pulmón limpio los errores que cometían sus pupilos, quienes encajaban las reprimendas con una paciencia que se fue reduciendo paulatinamente conforme el partido iba adquiriendo un cariz más oscuro para los visitantes. La del técnico era la única voz que se escuchaba en un equipo sorprendentemente silencioso y en el que no había comunicación entre los que iban de corto.
En la primera mitad no se escapó de las regañinas prácticamente ninguno de los que colocó Tomé en el 'once' titular. Todas las líneas estaban rindiendo por debajo de su nivel habitual, desde el cancerbero hasta la punta de ataque, pasando por una defensa que se veía superada con demasiada facilidad por los atacantes cordobeses y un centro del campo que hizo aguas precisamente en el día en que contó con más efectivos que nunca -Cámara, Kitoko y Óscar Pérez- para poder controlar el esférico y, por ende, el ritmo del partido.
Conjura inútil
Después de cuarenta y cinco minutos de mala imagen, el equipo rojiblanco se conjuró para enderezar el rumbo de un encuentro que se lo había complicado él mismo ante su más que evidente falta de intensidad. La bronca de Tomé durante el descanso tuvo que ser de alivio ya que los jugadores salieron con otra cara. Incluso se pusieron a dialogar entre ellos en un corro justo antes de que se reanudara el choque, demostrando su compromiso e implicación para tratar de darle la vuelta al marcador. Sin embargo, no sirvió de nada.
En apenas cuatro minutos el partido se puso totalmente imposible para el 'histórico'. Una falta lateral fue cabeceada por Babin al fondo de las mallas, lo que se convirtió en la gota que colmó el vaso de Tomé. Desde lo más profundo de su ser salió un grito desgarrador que escenificó la desesperación al ver que ésa no era la tarde de su equipo y que todo lo que había planteado en la caseta se venía abajo como un castillo de naipes a la primera ráfaga de aire. Ese alarido tuvo una réplica -pero de bastante menos intensidad- apenas unos segundos después al ver que Nyom cometía una pena máxima que transformaría el Lucena en el tres a cero.
La exasperación de Tomé dio paso a la resignación. El Granada iba a caer a menos que se produjera una reacción a la heroica. Tiempo había ya que restaba toda la segunda parte y logró recortarse la desventaja con un zapatazo de Benítez que terminó entrando con algo de fortuna, pero la actitud de los jugadores no era la adecuada. Se echa en falta una mayor sintonía entre el técnico y sus discípulos, que continuaron encajando sonoras críticas cada vez que cometían un error o simplemente no hacían lo que debían bajo el criterio del entrenador. Ayer se vio que los gritos y las reprimendas no funcionan. Quizá sea hora de emplear la psicología para reconducir al grupo.
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