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LA RESACA

El Granada pasa de la alternativa de los delanteros en Reus a una abundancia de centrocampistas que le condujo a una victoria feliz para despedir el año

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Ramón L. Pérez
Rafael Lamelas
RAFAEL LAMELAS

1. Cuando el ventilador de Machís se apagó de súbito, miles de ojos consternados miraron a José Luis Oltra, que tenía que decidir, en pocos segundos, la transformación a efectuar por el Granada, sin relevos naturales en el banquillo para el fugaz venezolano. Un momento clave. El entrenador podía decantarse por la estratagema de Reus, con Adrián Ramos como ariete y Joselu adherido a la izquierda (dos puntas, uno de ellos enmascarado), o bien explorar una fórmula distinta con el otro jugador que calentaba en el costado. Fue Javier Espinosa quien finalmente se quitó la sudadera y deparó una nueva versión hasta ahora desconocida.

2. Oltra, que se ha identificado a sí mismo como un técnico ofensivo aunque poco amante de revoluciones, suele construir su conjunto bajo el patrón inicial estable del 4-2-3-1, con una banda más eléctrica (la de Machís) y otra con más querencia a la asociación (la formada por Pedro y Víctor Díaz detrás). Con la entrada de Espinosa, la escuadra varió su comportamiento a un 4-5-1. Algo parecido pero no exactamente lo mismo. Se reunió un cuarteto en el que todos han ejercido de mediapuntas antes o después en sus carreras, con más o menos continuidad: Montoro, Kunde, Sergio Peña y el propio Espinosa. Esto ya dejaba un sello muy particular. Un hilo conductor entre ellos. Pedro se convirtió en otro tentáculo de este pulpo que dejó lisiado al Sporting por momentos.

3. A la escuadra le costó aclimatarse a este perfil al principio. Durante unos minutos, siguió con esa prisa tan característica en la que no se maduran bien las situaciones y se tiende al arreón. El fútbol brioso que supone contar con una amenaza como Machís. La inercia de volcar las operaciones a las alas para enviar centros. Un ajetreo inconveniente, lastrado el conjunto al descender la velocidad punta.

4. Poco a poco aumentó el grado de intervención de los centrocampistas. Ninguno pasa por ser un ‘sprinter’ (aun con la ejemplar potencia de Kunde). Se caracterizan por tocar mucho, generar movimientos de arrastre y desequilibrar con recursos técnicos. Control, toque, pared y desmarque corto, con la seriedad de Montoro, el coraje de ida y vuelta con Kunde, la sutileza de Peña y un Espinosa readaptando sus gestos a la exigencia de la zurda, en un camino parecido al de su ídolo Iniesta cuando ocupaba el llamado carril del ‘11’. Eclosionó en la segunda mitad.

5. El Granada se cerró hacia dentro, gobernó el balón con gusto. Se compactó también gracias a la rigurosa actuación de sus centrales, prestos y expeditivos, con la línea de atrás muy avanzada. No hubo desorden en la pérdida, por lo que cualquier fallo en el intercambio se subsanó enseguida con un robo, o volviendo a comenzar a través de Varas. Solo les costó encontrar profundidad hasta que los laterales, piezas básicas bajo este modelo, comenzaron a romper por fuera. No hubo muchos tiros a gol pero sí llegadas al entorno de Mariño.

6. Cuesta entender que manejando tantos enganches, Oltra siempre haya tendido a la alternativa de la pareja en vanguardia como refuerzo ofensivo en la segunda parte de tantos partidos. A veces no es cuestión de efectivos en torno al área, sino de que la pelota se aposente. No hay otro Machís en el vestuario, así que puede ocurrir que la solución esté en variar algo más que una pieza, al margen de la propuesta básica y la opción más directa. Hay cuatro semanas por delante para trabajarlo, las que estará lesionado.

7. La entrada de Adrián Ramos deparó división de opiniones. Es un clima extraño el que se presta a ciertos futbolistas propios en los que suelen aunarse unas condiciones técnicas apreciables con cierta inconstancia en las labores mundanas. En Segunda se suele decir que corren los futbolistas y en Primera, que lo hace el balón. Ramos está habituado a lo segundo. Pudo salir muy cabreado porque su cambio se retrasó tras el 1-0. Una herida en el orgullo que no pareció apreciarse.

8. Ramos mejora las acciones cuando recibe bien pero no es tan obstinado en la presión como otros. Para cierta parte del público, con creciente ojeriza, este aparente pasotismo es un pecado mortal. Entienden de sudor o de números, no de gestos que fomenten algo potable. Como él tampoco regala ningún esfuerzo de más en las refriegas, contribuye a fomentar este prejuicio.

9. El colombiano dio un gran centro a Joselu, ocasionó el córner del 2-0 y ganó balones aéreos que para el onubense fueron una quimera durante cerca de una hora, algunos de ellos en acciones defensivas. Joselu se vacío como siempre pero no hubo demasiadas señales ofensivas suyas, más allá del penalti, bien chutado. Pero el respetable alaba su esfuerzo generoso, algo lógico, y mira con sospecha al cafetero, al que los silbidos solo pueden contribuir a hundirle un poco más en el desafecto.

10. El estadio de Los Cármenes es un lugar mágico que acoge todo tipo de sensibilidades, reflejo de la singular historia del club, pues aúna a los aficionados de toda la vida con quien se sumó al éxito, los que adoran la intensidad con los que tienen el paladar fino. Todos caben, da igual su procedencia e inquietud. Por aquí han pasado grandes futbolistas también. Unos muy queridos, otros no tanto. De entre estos últimos, talentos que con frecuencia explotaron en otro lugar. ¿Por qué fuera y aquí no? Seguramente porque a veces la paciencia en general ayuda a encajar algunas piezas. Animar con el viento a favor y hundir cuando alguien no está a tono resulta fácil y gratuito aunque sea justo exigir la máxima predisposición. La confianza externa es un elemento clave para fomentar la interna. Para salir de un bache o para nuevas aspiraciones, como las que genera ese Granada de los centrocampistas que mostró que hay otras formas de ganar.

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